En la frontera con Nicaragua revisaron que cumpliéramos con la visa nica, que nos ganamos por ser tan odiosos con nuestros vecinos del Norte. Una vez otorgado el permiso de entrar llegó la revisión de las maletas que dependiendo de “quien te toque” -como es casi todo en Latinoamérica- te revisan o no la maleta. Esta vez nos tocó un fulano que no le interesaba revisar nada, así que de el único esfuerzo fue traer las maletas a una mesa desde la que fueron devueltas al maletero del bus.
En la espera de los pasaportes, topas con una de las dolencias de nuestra Centroamérica, una chica joven con el pelo seco, las piernas sucias, y un embarazo de siete meses diría yo, te ofrece vender una hamaca, por nada.., por $5.
Subimos al bus, sin hamaca…con el primer sello de congoja en el pasaporte.
Tres horas más tarde estábamos en Granada. El trayecto hasta el hotel nos maravilló tal como otras veces.
Las aceras parecen transformarse en grandes corredores, los azulejos del piso de la casa se extienden hasta la misma figurando corredores donde se sientan las señoras a platicar con la vecina; se mesen y se detienen, y si les preguntas una dirección no parecen asustados ni guardan una distancia temerosa como en las grande e inseguras ciudades. La mayoría de las puertas permanecen abiertas, y dejan ver parte de la vida de los hogares por lapsos de segundos… los cuadros, los adornos, los muebles y las señoras viendo televisión en la sala, constituyen detalles sencillos que en nuestro país han empezado a ser un lujo muy difícil de disfrutar.
La maravilla de la arquitectura alegró nuestra estancia en Granada por los próximos 4 días.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario